
Oscar Francia no olvidará más el jueves 23 de abril. Ese día por la noche se estrenó el documental que narra su vida y explica porqué es un vecino tan querido en San Francisco. El producto audiovisual se titula Oscar Francia, historia de pueblo chico y fue escrito, editado, producido y dirigido por Javier Mitchell, con la participación de un equipo íntegramente local.
Por primera vez la gente de San Francisco pudo ver el documental y fue a sala llena en el Cine La Tipas. Allí pudieron conocer más de cerca a este vecino de 75 años conocido en San Francisco por su vocación solidaria, su elegancia característica y una historia personal que arranca en el campo y llega, décadas después, a los festivales internacionales.
El proyecto surgió en el marco de los talleres de cine que Mitchell dictaba en la Mutual Árabe, cuando Raquel Camusso, integrante del equipo técnico, propuso la idea. Mitchell no conocía a Francia más que de vista. A eso se sumó una nota publicada en El Periódico sobre el proyecto y tuvo una repercusión tan grande que lo que originalmente iba a ser un corto se convirtió en largometraje.
El estreno no solo fue a sala llena sino que una cantidad igual de personas quedaron afuera y dada la repercusión que tuvo planifican proyectarlo en otros ámbitos para que más personas puedan disfrutar de una historia y un producto 100% sanfrancisqueño.
De Freyre al campo, del campo a la ciudad
Oscar Francia nació en Luxardo, vivió en Freyre hasta los doce años y después la familia se trasladó al campo. El motivo fue duro: su madre enfermó gravemente, su padre quedó solo para trabajar y la economía del tambo permitía pagar deudas. Hasta los 33 años, la vida de Francia transcurrió entre el ordeñe con máquina, los horarios partidos y una rutina que nunca le gustó, pero que aceptó sin queja. “En aquella época no había más que eso”, dijo con la parsimonia de quien ya procesó todo.
Hace 32 años llegó a San Francisco. Y la ciudad, al principio, no lo recibió bien. “Cuando vine a vivir acá me condenaron”, contó Francia con una calma que no esconde la herida. “Es como que no sé. Después se dieron cuenta que no era lo que ellos creían. Me pedían perdón”. La condena, según él, venía de la apariencia: la ropa cuidada, el porte elegante, una forma de presentarse que algunos confundieron con soberbia. “Llegué a sentir que yo no era nadie. Pero ahora ya eso cambió totalmente. Porque no es lo que uno es sino lo que uno hace”.
Lo que Francia hace, desde siempre, es ayudar. Sin agenda, sin red social, sin teléfono. “Veo a alguien en la calle que reniega y parece que tengo que ir a preguntarle si necesita ayuda. Siempre fue así. Por ahí no pienso en mí sino pienso más en los otros”. Negarse a alguien que pide, dice, “me parece algo feo para mí”. Y agrega, con una honestidad que no busca elogio: “Hay tanta gente que eso no lo tiene en cuenta para nada. Veo gente que piensa nomás para ellos. Pero yo no”.
La ropa que viste, su marca registrada en San Francisco, tampoco la compra. “Hace por lo menos veinticinco años no sé lo que es comprarme un pañuelo. Todo lo que me regalan lo acepto con cariño. No sé cómo agradecerle a esa persona”. No es delicado, aclara: usa lo que le va. Pero cuida lo que tiene, como cuida todo.
Su salud también. “Hace quince días hice todos los estudios. Tengo todo de diez. Sigo al pie de la letra la dieta. Me cuido totalmente”.
El sueño que llegó a los 75
De joven, Francia leía las revistas de espectáculos —las Radiolandias de hace sesenta años— y soñaba con ser artista. “Tenía recuerdos muy lindos de todo eso. Y prácticamente quería ser artista. Me parece que tenía todas las cualidades”. La vida lo llevó por otro camino: el tambo, el campo, la ciudad, la solidaridad anónima. Hasta que un día apareció Raquel Camusso caminando por la calle y empezó a hablarle. Él no la conocía. Ella sí lo conocía a él. Y de ahí, dijo, “empezó a suceder todo”.
Cuando le preguntaron si había aceptado de inmediato protagonizar el documental, Francia fue sincero: “Me sorprendió. No lo podía creer. Dije que sí y después me arrepentí, no sé si es mucho o es poco para mí”. Pero aceptó. Y resultó que la cámara, como dijo Mitchell, lo ama. La prueba de rodaje fue un éxito. El protagonista, que nunca se sentó frente a una computadora ni usa redes sociales ni mira televisión, resultó ser un narrador natural.
Todavía no vio la película. “Sólo algunas pequeñas cositas cuando fui una o dos veces con Javier. Pero no vi nada”. El jueves va a verla junto al público, por primera vez. “Toda la gente me dice ‘voy a ir a ver, voy a ir a ver’. Es una alegría muy grande para mí. El momento llegó, tan esperado”.
El trabajo detrás de la pantalla
La filmación comenzó hacia el final de la pandemia e incluyó entrevistas a vecinos, clientes de Francia, su maestra de sexto grado y el cura párroco del Cottolengo. Hubo locaciones en el campo —un operativo logístico complejo, con equipos, tiempos, luz y clima a coordinar— y largas sesiones de edición que Mitchell describió sin rodeos: “Dos meses trabajando todos los días de lunes a lunes, sin sábados ni domingos, ocho, diez, doce y dieciséis horas sin parar”. Quería terminar para poder empezar a enviar el material a festivales internacionales.
La cinematografía estuvo a cargo de Sergio Bertea y la segunda unidad, de Silvia Maranzana. Nadie cobró. “Javier lo hizo con prácticamente su esfuerzo personal, su dedicación, su tiempo”, señaló Camusso. El director viene de trabajar en Estados Unidos, vinculado al mundo de Hollywood, y regresó a San Francisco por razones familiares. Camusso, que proviene del teatro, describió el salto al cine como el ingreso a “un mundo nuevo, desconocido”: otros códigos, otras distancias, otros planos, otra economía del gesto.
Mitchell explicó la estructura narrativa del documental con una imagen que usa con frecuencia: “La desarrollé como si fueran capas de cebolla. De a poco se va develando todo para ir aumentando el interés del espectador mientras lo ve, para que no decaiga”. La referencia que lo guía es una frase de Federico Fellini: cuenta la historia de tu pueblo y estás contando la historia del mundo. “Acá mucha gente, sobre todo la gente grande, se va a sentir muy identificada. Se ve toda la infancia, el campo, la escuela de campo, cómo eran los trabajos en el tambo, la mudanza a la ciudad, el choque con la ciudad”.
Festivales y reconocimiento local
El documental ya se estrenó en Londres el 9 de marzo. En los últimos días, Mitchell recibió invitaciones para participar en un festival en Liverpool, otro en el Soho londinense y una convocatoria del festival de Cannes.
En el plano local, el Concejo Deliberante, por iniciativa de la concejala Inés Caffaro, lo declaró de interés cultural municipal por unanimidad. Para Camusso, el reconocimiento tiene una doble dimensión: “Tiene que ver con el producto, pero tiene que ver también con la figura de Oscar Francia para la ciudad. Lo que significa y el reconocimiento a él como una figura importante”.
Cómo ver el estreno
La función es este jueves a las 20 en el Cine Las Tipas. La entrada es gratuita y sin reserva previa: se entregará al llegar hasta completar la capacidad de la sala. El equipo recomendó llegar alrededor de las 19:30 para asegurar el ingreso.

