«Somos Halloween todos los días»: Resignificar la oscuridad (o por qué Halloween hoy me genera incomodidad)

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Este 31 de octubre, mientras caminaba por las calles de una Carlos Paz copada de brujas, monstruos, calabazas, vampiros, Medusas, esqueletos, catrinas, momos, ninfas, Harry Potters, guerreras K-Pop, y hasta ¡capuchinos asesinos! -Sí, aunque no lo crean quienes no asistieron al oscuro festín, había niños, adolescentes y hasta adultos disfrazados de memes italianos-. En medio de todo ese escenario ecléctico, tenebroso y abrumador, pensé: “Es necesario resignificar la fiesta de Halloween”.

-En Halloween todo vale Sol, me dijo varias veces una mamá amiga ante mi estupor indisimulable. Ella, quien me animó a cambiar mi trayecto vespertino para terminar en el evento más grande que se organiza para los niños, jóvenes y sus familias en la ciudad, me repitió la frase al menos tres veces. Hay que admitir que es también más inclusivo que la Fiesta del Día del niño, porque la oscuridad convoca a todos. Por algo será. Ser dark tiene un lado cool, reforzado por representaciones cinematográficas como la Merlina de Tim Burton, entre otros personajes memorables.

La mayor incomodidad interna de la tarde me la produjo ver pasar un auto con un bulto gigante envuelto en una bolsa de consorcio negra en su capó, y detrás del auto, del baúl, se desprendían dos piernas largas con sus respectivas zapatillas, sugiriendo que parte del cuerpo estaba en ese lugar, escondido. Así circulaba el auto por el centro de la ciudad.

Debo admitir que como alternativa para resistir al paseo por el centro para pedir dulces, había urdido un plan que pensé iba a resultar de maravillas: vestido de Merlina, traje de hombre araña, un helado como sustituto a tanto caramelo y patinetas para pasar lo que quedaba de la tarde en la Costanera, a la vera del Lago San Roque. Los haría felices a Liz y a Leo, una vez más. Y de paso, me sacaría esa sensación de angustia y de desagrado, de tener que participar de una fiesta a la que adherí durante un tiempo, pero que hoy ya me parece un despropósito. Un gran brainrot de estos tiempos, quizás un reflejo o síntoma del deterioro social. Pero allí fuimos…

¿Será para tanto?, ¿por qué es necesario resignificarla? Pues, porque no todo puede valer aunque sea Halloween, porque ya no sabemos bien qué o qué cosa estamos celebrando. Porque los adultos llevan a sus niños a pedir dulces, a participar de algo colectivo que resulta atractivo y vistoso, ¡Vamos! Después de todo es la única fiesta de disfraces a la que están todos invitados ir, a cielo abierto, sin importar clases sociales y encima te dan caramelos. Sí, sí… Pero más allá de eso, percibo un extravío, un festín de significados opuestos y hasta contrapuestos que se pelean, personajes que son importantes íconos del cine hollywoodense y de otros lugares del mundo, y otros que transmiten temor, oscuridad, atropello, violencia. También un vacío de sentido.

Pensaba en la cantidad de noticias macabras que día a día nos toca escribir, reportar, escuchar, comentar y ver, de personas asesinadas, de mujeres descuartizadas, hallazgos propios del demonio, seres que quitan a otros la vida, haciendo que su valor que reduzca a la nada misma…
Somos Halloween, todos los días. Hay demasiada oscuridad, odio, celos, envidia, resentimiento y disputas en estos tiempos, como para fomentar la oscuridad y dar rienda suelta a un universo escalofriante, tal como si estuviéramos en el segundo casamiento de Messi. Sólo por mencionar a un ídolo bastante aceptado por el mundo entero.

Esta fiesta puede ser catarsis, modo de ahuyentar los miedos, de exorcizarlos, hacerle frente a la difícil y cruel realidad que nos acecha. Sin embargo no, esta vez el argumento no me satisfizo, no desahogó la angustia que crecía inevitablemente en mí al participar aunque sea tímidamente de la puesta en escena en el centro de Carlos Paz. No solo eso, sino que, mientras caminaba por la calle más concurrida, me tomó por sorpresa la presencia del conductor del evento, a quien saludé porque lo conozco. Y allí iba yo, por esa calle atiborrada de monstruos, tal como si desfilara en una pasarela, orgullosa, y avalara cada cosa que allí sucedía o pudiera suceder. Nada de eso.
Después me quedé pensando en cómo una persona puede cambiar de parecer con el correr de los años, según el contexto y sus nuevas percepciones. No somos siempre los mismos, no lo somos.

Hoy prefiero los cuentos y la literatura de misterio y de terror para ahuyentar demonios y las distintas manifestaciones de arte para hacer frente a la oscuridad, a nuestro lado macabro y más desesperanzador. ¿Hay algo de arte en Halloween? Quizás algo de eso haya entre tanto consumismo, entretenimiento y reproducción simbólica de costumbres foráneas. Pero ojo, el problema no es que la celebración provenga de afuera, para mí tiene que ver con la necesidad de resignificar para que nos represente a todos, para que en medio de tanta reproducción en serie la fiesta sea iconoclasta, liberadora, creativa, como quizás en algún momento de su historia lo fue.

En medio de todo este análisis y merengue de impresiones, sensaciones y sentimientos, recordé parte de las múltiples resignificaciones que ya tuvo Halloween. Para rememorar, tiene su origen en un festival de los celtas, quienes hacían su fiesta para favorecer sus cosechas. En Samhain, celebración de pueblos de Irlanda, Escocia y Galicia, las personas encendían hogueras y se disfrazaban con pieles y máscaras, en un intento por espantar a los seres del más allá, los espíritus malévolos.

Después llegaron los cristianos; la religión católica tomó a esta fiesta para conmemorar a los muertos santos. “All Hallows’ Eve” evolucionó fonéticamente hasta convertirse en Halloween. En su origen era una festividad de vigilia cristiana en honor a los muertos virtuosos, pero esto fue cambiando con los siglos. Ahora nos queda el 1 de noviembre el Día de los Santos, y 2 de Noviembre, Día de los muertos.

La festividad celta y cristianizada del Samhain, llegó a Estados Unidos con los inmigrantes irlandeses en el siglo XIX, durante la Gran Hambruna de Irlanda entre 1845 y 1849. En principio los irlandeses fueron rechazados por parte de algunos sectores estadounidenses, pero luego sus tradiciones se fueron integrando poco a poco en la sociedad norteamericana.

Durante el siglo XX, Halloween fue perdiendo su conexión con la fe católica y se fue convirtiendo en lo que es hoy, esto que se celebra en distintas partes del mundo, entre ellas Villa Carlos Paz.

Así es como tiene lugar Halloween, sus representaciones y sus efectos. Sí, sus efectos y la sensación de que en tiempos de oscuridad, lo verdaderamente revolucionario es tender a la luz. Hacer con la luz, celebrar la luz, sin que parezca cursi, sin que resulte pacato o pasado de moda. De allí mi pedido de resignificación, tal vez, para poder seguir siendo parte, pero de un modo más coherente y equilibrado.

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