A veces experimento esta sensación de caos, de un desasosiego que me envuelve. Siento que la historia se repite en una espiral que parece no tener apertura, que siempre conduce a un mismo lugar. Y esa espiral se materializa cuando salgo a la calle y veo adictos por todos lados. Adictos no a una sustancia, sino a una luz: la de la pantalla de sus celulares, con la ansiedad en el ojo, ensimismados. Es en ese momento que la pantallita y sus numerosos dulces, entre ellos las redes sociales, y otra cosa que me obsesiona de los avances de hoy: la inteligencia artificial, dejan de ser una herramienta para mí y se convierten en el motor de ese bucle, y entonces, me niego a participar. Me niego a escribir en el celular y hasta en la computadora.
Porque en relación a la IA, tengo miedo de perder la esencia de mis ideas. Por eso, deseo mantener mi pensamiento intacto, escribir en papel, de puño y letra, solo para saber que sigo viva, que sigo existiendo. Yo sé que soy antigua, yo sé que sueno rara.
Esta sensación me recuerda a lo que el filósofo Walter Benjamin advertía cuando hablaba de cómo el arte masivo hacía que las obras perdieran su «aura», su esencia única. Siento que hoy estamos perdiendo la esencia humana porque nos hemos vuelto adictos a esa pantalla que nos atrapa. Hacemos más mecánicamente aquello que nos diferencia: comunicarnos.
La inteligencia artificial, para mí, es otra manera de sacarnos el jugo, de dirigirnos el tiempo, de cambiarnos el ritmo, de manipularnos como marionetas. Marionetas que solo dirigen unos pocos.
Una persona me dijo sobre esto: “Sos fundamentalista, Justina Esperanza. Pensás en blanco y negro. No estás teniendo en cuenta los beneficios que la tecnología puede aportar a la vida de las personas. Si no me emocionara con tus escritos desde hace tiempo, te diría que no escribas más para mí. Pero la verdad es que voy a seguir bancando lo que hacés, porque creo que tu arte tiene que seguir siendo recompensado”.
Mientras tanto, yo la escucho todavía en mi cabeza, le respondo, y pienso que soy un pez nadando en matices, en parte por eso sigo viva. Y a pesar de sus argumentos, reafirmo que prefiero cometer errores y escribir desde el alma, porque para eso me dediqué a la escritura.
Para mí la revolución hoy está en buscar autenticidades. O en conservar lo que nos hace humanos: el poder de la palabra, del encuentro, de la palabra genuina. Que no consigan sacarnos la esencia.
Un transhumanista, un tipo que sabe mucho más que yo- eso seguro-, me criticó duramente cuando vio mi forma de trabajo actual: “La autenticidad humana no se encuentra en una retirada de la tecnología, sino en una interacción consciente y ética con ella. La clave no es si la tecnología nos hace más o menos humanos, sino cómo la usamos para expandir nuestras capacidades, mejorar nuestras vidas y enfrentar los desafíos del futuro”, me dijo como si fuera “palabra de Dios”.
Pero no hubo cambio en mí y la sensación de la espiral me sigue ahogando. De todos modos intentaré expresarme de forma más clara. Pienso en tres cosas: en el tiempo (nuestro tiempo), nuestro ritmo y en algo que nos sigue salvando: la comunicación.
Mi deseo más profundo es que todos tengamos más tiempo, porque ojo que con esto de ser más productivos hasta con IA, terminamos siendo más automómatas que los mismos robots. Que nadie nos quite nuestro ritmo interno ( si es que ya no lo hicieron) y que todavía sigamos creyendo en las oportunidades humanas para cambiar nuestras vidas y la de otros, siempre, todos juntos.
No soy enemiga de la tecnología, pero sí fundamentalista de lo humano o de lo que nos hace más humanos en el sentido kantiano: ser autónomos y morales, con dignidad inherente. Y en esta encrucijada, mientras escribo a mano para sentir eso que me hace bien cuando lo hago, me pregunto y les pregunto: ¿Dónde encuentran ustedes esa autenticidad que los salva?, ¿puede este sistema terminar tarde o temprano con nuestra dignidad?





