En un pequeño comercio donde el olor a cuero y a trabajo bien hecho se mezcla con años de experiencia, Claudio Ludueña sigue haciendo lo que aprendió casi desde que nació: arreglar calzado. Zapatero de toda la vida, su historia es la de muchos oficios que resistieron las crisis y hoy vuelven a ponerse de pie.
“Empecé de chico y seguí, seguí, seguí”, cuenta con la naturalidad de quien no concibe otra forma de vivir. No fue fácil. Hubo tiempos duros, especialmente cuando el país atravesó momentos en los que el trabajo escaseaba y el oficio parecía apagarse. “Tomé muchos bajos”, recuerda, refiriéndose a esos años en los que casi no entraban arreglos al taller.
Pero hace aproximadamente una década, todo empezó a cambiar. El trabajo volvió, la gente regresó y el oficio evolucionó. Hoy, en su zapatería, se arregla de todo: zapatos, zapatillas, botines, botas, bolsos, camperas y mochilas. “Hay cosas que son más difíciles, pero se arreglan”, dice con orgullo.
Las botas, en especial, lo emocionan. Cambiar bases, suelas, reforzar zonas gastadas requiere precisión y conocimiento. A eso se suman los desafíos de los nuevos tiempos: materiales modernos, diseños distintos, calzados cada vez más complejos. “Ahora vienen cosas nuevas, modernas. Siempre tratamos de arreglarlas como se pueda”, explica.
Claudio lleva décadas dedicado de lleno al calzado. Trabaja rápido, pero sin descuidar la calidad. “Cuando hay mucho trabajo parece normal, pero se hace rápido y queda bien”, afirma. Para él, la responsabilidad es clave: cumplir con los plazos, cuidar cada arreglo y respetar la confianza del cliente.
Además del calzado, en el taller se arreglan hebillas, cierres y valijas de todos los tamaños. También se venden accesorios: plantillas, cremas, tintas para calzado, calzadores y artículos en todos los colores y medidas.
En un contexto donde el calzado nuevo es cada vez más caro, Claudio defiende la reparación como una alternativa valiosa. “El calzado bueno está muy caro. Si se puede refaccionar, sea zapatillas, botas o sandalias, vale la pena”, asegura.
Desde «La Clínica del Calzado» Belgrano 1861, Ludueña sigue apostando a un oficio que no se rinde. Con manos curtidas y la misma pasión de siempre, demuestra que arreglar no es solo reparar objetos, sino también sostener historias, trabajo y dignidad.



