
Las tragamonedas no solo son un pasatiempo popular, también encierran una historia curiosa detrás de los iconos que vemos girar en cada jugada. Las cerezas, las campanas y los sietes no fueron elegidos al azar: su origen revela un cruce entre cultura, comercio y tradición que sigue vigente hasta hoy.
El origen de las frutas, campanas y sietes en las máquinas tragaperras
Desde sus orígenes mecánicos, las máquinas tragamonedas utilizaron iconos simples y reconocibles para comunicar resultados de manera directa. En los primeros modelos, los símbolos frutales no eran en absoluto decorativos, sino que representaban los sabores de las gomas de mascar que se entregaban como premio durante los primeros pasos de este popular juego de azar y apuestas. Así nacieron las cerezas, los limones y las ciruelas en los carretes, que con el tiempo se convirtieron en parte inseparable de las máquinas tragaperras.
La campana llegó un poco después, de la mano de la famosa máquina Liberty Bell creada en Estados Unidos a fines del siglo XIX. El sonido de la campana simbolizaba triunfo y libertad, y se transformó en uno de los iconos más codiciados por los jugadores. En cuanto al número siete, su historia se conecta con la superstición universal, puesto que este número está cargado de misticismo y buena fortuna, lo que lo convirtió rápidamente en el símbolo de mayor premio en las slots más clásicas. No hay que olvidar al trébol, representando a la mágica fortuna de antiguas tradiciones.
Una iconografía que también es parte de la cultura argentina
En Argentina, estas imágenes universales se entrelazan con la memoria colectiva. La simple idea de “tirar de la palanca” trae recuerdos de bares, ferias y boliches de pueblo donde alguna vez se instalaron máquinas con cerezas brillantes y campanas doradas. Para muchos, esos símbolos se transformaron en parte del paisaje cultural y en un recuerdo asociado a la diversión popular.
El número siete, en particular, mantiene su fuerza en expresiones cotidianas: “me cayó un siete” es sinónimo de suerte inesperada. De la misma forma, las campanas, hojas de trébol, cofres con tesoros y las frutas aparecen en canciones, memes y hasta tatuajes, como un guiño a la fortuna y al azar. En el terreno del entretenimiento, este cruce entre símbolos globales y referencias locales convierte a las tragamonedas en cápsulas visuales de historias compartidas.
En Argentina, el mundo de las tragamonedas también se conecta con la realidad local. Basta mirar la presencia de los casinos en distintas ciudades, donde las máquinas con cerezas, campanas y sietes, especialmente, siguen siendo protagonistas de las vidas en las calles y sus ciudadanos. Un ejemplo cercano es el caso del Casino de San Francisco, que aparece en noticias locales no solo por su papel en el entretenimiento, sino también por el debate que genera en torno a su impacto económico y social.
En definitiva, los símbolos que siguen apareciendo en los carretes de las tragamonedas son mucho más que simples dibujos, son piezas que forman parte de la cultura popular, que han viajado por décadas y continentes. Cada cereza guarda el eco de un premio dulce, cada campana suena a victoria y cada siete o trébol mantiene viva la esperanza de que, con un giro, la suerte esté del lado del jugador.


