
En la zona, ninguna empresa de grúas quería cargar con la posible muerte del centenario árbol y se habían negado a realizar el trabajo en lo que se conoció como la “rebelión de las grúas”.
Ayer, la tensión escaló cuando un grupo de manifestantes presentó una orden judicial que, según aseguraron, ordenaba paralizar el traslado del árbol. Era un recurso de amparo que pedía información técnica sobre el estado del ejemplar y cuestionaba los riesgos del procedimiento. Mientras tanto, los camiones intentaban ingresar por la colectora. Los vecinos se sentaron en el camino. Fueron minutos de incertidumbre, hasta que la Infantería avanzó y despejó la zona.
“No hubo diálogo, hubo palos”, resumió más tarde el fotógrafo ambientalista Guillermo Galliano. En su testimonio, recogido por los propios vecinos, denunció agresiones físicas, forcejeos y hasta la destrucción de una cámara fotográfica. Otros dos manifestantes aseguraron haber sido golpeados, uno de ellos por personal municipal. El secretario de Gobierno de Villa Allende, Felipe Crespo, negó esa versión a Puntal y minimizó la presentación judicial: “Fue un ardid de los manifestantes”, dijo, y agregó que la Policía actuó “con prolijidad”.
El árbol ya estaba técnicamente listo. Según informaron las autoridades, la raíz principal, que se estimaba de hasta 50 metros de profundidad, alcanzaba apenas entre cuatro y cinco metros, de los cuales más de la mitad habían sido expuestos durante las semanas anteriores. También aseguraron que todo el procedimiento fue supervisado por un ingeniero agrónomo, que se mantenía húmedo el “pan de tierra” y que se documentó cada etapa para garantizar su sobrevida.
Pero lo que para el municipio fue un acto técnico planificado, para los ambientalistas se vivió como un desalojo forzado, casi quirúrgico. Los refuerzos policiales llegaron mientras se intensificaban los enfrentamientos. Algunos manifestantes se acostaron en la calle para frenar el paso de la grúa. Otros rodearon las zanjas que habían dejado al árbol expuesto. No hubo tregua. La Guardia de Infantería avanzó lentamente, arrancando a los manifestantes como habían arrancado las raíces del quebracho centenario. Al fondo, los camiones iniciaban su marcha con rumbo incierto.
El episodio dejó al menos dos personas heridas, según denunciaron los vecinos. Una de ellas habría sido agredida por empleados municipales, y la otra por uno de los operarios que llegó junto a la maquinaria. En redes sociales circularon videos que mostraban empujones, insultos, corridas y llantos. También se ve a los uniformados retirando por la fuerza a quienes se interponían en el camino. Fue, según testigos, “una postal de violencia innecesaria por salvar un árbol”.
La historia del quebracho blanco había escalado en las últimas semanas hasta transformarse en símbolo. Un árbol solitario en medio de una traza vial, rodeado de tierra removida, al que los vecinos se aferraron como a un último refugio verde frente al avance del cemento. “Si el árbol se muere, la culpa será de los que lo defendieron”, había dicho días antes un funcionario municipal, en una frase que terminó por sellar el clima de hostilidad.
Felipe Crespo insistió ante Puntal en que “todo se hizo de manera correcta”, y que el traslado era inevitable porque ya no quedaban alternativas viales. Dijo que el nuevo destino del quebracho estaba a solo 22 metros de distancia, y que “el objetivo siempre fue mantenerlo con vida”.
Presencia del ministro Quinteros
En horas de la noche, el ministro de Seguridad, Juan Pablo Quinteros ,se hizo presente en el lugar para supervisar el operativo y el trabajo de traslado del quebracho blanco. La presencia del funcionario generó nuevas críticas por parte de los manifestantes.
Mientras tanto, según explicó el intendente Pablo Cornet a Puntal cerca de las 22, la remoción del ejemplar aún no se había concretado debido a demoras en la preparación del contrapeso necesario para la grúa encargada del traslado.
Hasta el cierre de esta edición, los manifestantes permanecían en el lugar observando a la grúa trabajar alrededor del árbol. El traslado del quebracho era inminente, pero aún no se había concretado. La incertidumbre flotaba en el aire, mezclada con la tierra húmeda, el cansancio acumulado y la convicción de que, al margen del desenlace, algo en la historia de Villa Allende ya había cambiado para siempre.



